Algunas veces las cosas nos pasan.
Otras veces las elegimos.
Y en ese toma y daca les cuento lo que aprendí en estos días.
Me anoté con unas amigas en un curso de bordado, en el Bajo San Isidro.
La profesora, Mercedes Gûiraldes de Paisana, nos enseñó en el taller de Semilla Crafts el camino hacia la inspiración. Me enseñó el camino a la creatividad.
Sus palabras, contadas, medidas, exactas, me marcaron el principio del camino para entender cómo desarrollar la creatividad; dónde encontrarla; cómo ir a buscarla.
Mercedes dice que al comienzo de su clase debería poner un recipiente donde cada alumna deje en él su tendencia al perfeccionismo, la exigencia y el látigo.
El camino de la creatividad no es corto, y tiene una ventaja: lo hace uno. Para ello se necesita arrojo, y perder el miedo a equivocarse. Ese camino nos lleva a encontrarnos con nosotros, ya que el bordado final será un reflejo de ello, y al mirarlo también nos miraremos por dentro.
Si he logrado plasmar mi creatividad, se notará.
Trabajar en grupo tiene varios desafíos.
Se debe interactuar con la gente. Pero ese interactuar no significa sentarse en la misma mesa y compartir, sino que debe incluir el mirar al otro, escucharlo, acompañarlo en su proceso creativo y dejar que nos acompañe.
Ese intercambio incluye apreciar aquellas ilustraciones que nunca elegiríamos nosotras para hacer. Ver lo que otro borda, que nos muestra un mundo distinto de ojos distintos que se alimentan de creatividades distintas.
Cierto. En el curso se bordaron úteros con tulipanes, leones formados de triángulos violetas, osos que hablan, flores que recuerdan a un padre, un tercer ojo sobre una espalda, cactus sin espinas…
Ese mismo grupo me presentó otro desafío: su juventud.
Todas las alumnas podrían haber sido mis hijas, sin embargo fue tan divertido que todas nos nutrimos de todas.
La juventud se debe haber mezclado con la experiencia, y esa mezcla hizo que las clases fueran explosivas.
Gracias chicas por todo lo que aprendí!
∞⊗∞
Y como en la vida todo llega junto, también aprendí otras cosas.
Que frente a situaciones graves de salud, como sucede con mi padre, varios no aprendieron bien de la vida.
Algunos saben acompañar.
A otros se les olvida esa lección en el momento en que más los necesitamos, y no entienden que si no ayudan ahora, somos nosotros los que no los necesitamos.
Pero eso mejor no aprenderlo, sino pasarlo a retiro.
Ver sufrir a otro, bañarnos de tristeza, que nos duela el cuerpo de la tensión contenida, que nos invada un agotamiento emocional que nos voltea, todo eso se sobrelleva con buen humor.
Lo mismo que me dijo mi padre cuando tenía 15 años y me fui a vivir a otro país, y tenía que tomar un avión que tardaba 24 horas en llegar a destino después de recorrer 3 aeropuertos: si te pasa algo, si te perdés, si perdés un avión, no te preocupes…todo se resuelve con Humor.
Eso también fue lo que aprendí y no me olvidé.
Gracias papá! Te quiero.
Ese buen humor es lo que aprendí junto a la templanza y la sabiduría de mi madre, que ha hecho que los eventos que nos tocan vivir se llevan mejor con paciencia, entereza, y las palabras justas, ni una más.
Esos valores se transmiten con el ejemplo. Ser mayor y no quejarse, estar sufriendo y no victimizarse, estar cansado y disimularlo, estar triste e igual hacer frente al problema, es lo que aprendí de mi sabia madre.
Gracias mamá! Te quiero.
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B I C H A
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