Nos encontramos en el restaurante Ceviche 105 de Miami en una cena familiar. Éramos diez. Algunos habíamos viajado desde Buenos Aires, otros desde Nueva York y el resto de distintos lugares de la Florida. Una familia moderna podríamos decir, ya que estamos esparcidos por el mundo contando con la posibilidad de encontrarnos a cenar al menos una noche al año.
En la mesa había comensales de todas las edades. Abuelos de 80 años, padres y hermanos de 50 y 40 años, y el resto veinteañeros y adolescentes.
Teniendo en cuenta el tipo de acontecimiento nos vestimos para la ocasión. Ropa informal bien arreglada, un poco de maquillaje, mucho perfume para todos, una cartera cómoda para llevar dinero para propinas, ya que en Miami el valet es sagrado; el celular para sacar fotos y la llave del departamento; alguna aspirina o hepatalgina por si acaso, y nada más.
Siempre mujeres y hombres llevan algo en este tipo de salidas. Los hombres de mínima llevan billetera y celular, se le pueden agregar las llaves de la casa y anteojos para leer el menú. Las mujeres en general usamos una cartera pequeña donde llevamos los mismos elementos, y ello no varía con la edad sino con el estilo.

Pero a ella no le importaron todos esos códigos de conducta. Llegando a los cuarenta años, y habiendo agregado a su físico unos kilos, llegó a la cena con una minifalda de jean a la que se le notaba el paso de los años; una remera lo suficientemente ancha para esconder su sobrepeso y el celular. Eso es todo.
Como único objeto de adorno llevaba su celular.
No optó por nada femenino, ni cartera, ni sobre, ni nada. El celular en la mano.
No tenía billetera, no usaba anteojos, no necesitaba aspirina y menos hepatalgina.
Todo un sello de actitud: yo soy así y que se lo fume el universo!
Una pena que esa fuera su reacción a esta cena familiar en la que varios habíamos coordinado el encuentro a ocho mil kilómetros de nuestras casas, para que ella apareciera como si estuviera de paso al supermercado o la tintorería.
Ese único objeto halaba de su empatía con nosotros, lo tenía a mano para no aburrirse con la conversación. Si así fuera podía repasar los últimos mensajes de whatsapp mientras nosotros contábamos cómo nos estaba yendo en la vida.
Su respuesta a la pregunta si estaba aburrida, hubiese sido que estaba viendo si las hijas necesitaban algo ya que las habían dejado en casa de amigos.
Nunca tuvo un pensamiento para el prójimo, ya que la aspirina y la hepatalgina son para compartir; el dinero para la propina la pondría otro y nunca ella; y después de todo era una cena familiar más.
Si bien el exceso de objetos transportables a una cena no es recomendable, tampoco lo sería la escasez de los mismos. El exceso demuestra una personalidad entrometida de alguien que demanda ser necesitado por el otro para la provisión de algo que podría encontrarse en dicho contenedor. La escasez demuestra la falta de interés en el otro y punto.
Nada de esa le parecía importante. Nada le aportaría a su vida. Nada sería lo suficientemente interesante para demandar su atención.
Si era tan claro el mensaje, para qué fue?
BICHA de CLAUDELINA