El principio
Capítulo #1: Cómo hice una carrera judicial empezando como “pinche”

Mi amigo me llamó por teléfono y me ofreció un trabajo en tribunales, en una fiscalía federal que investiga delitos. Yo dudé en aceptar, el sueldo era menor al que ganaba pero sumaba beneficios a futuro. Estaba ya casada, tenía una hija de tres años y un marido sin trabajo.
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Yo trabajaba en la oficina de un conocido productor artístico, O.P., que producía espectáculos en el Teatro Regina. Lo había reformado y modernizado, allí funciona hasta hoy la Casa del Teatro, que ayuda a los artistas retirados, y vive de donaciones y el alquiler de la sala. A la oficina del productor también venía el director de cine A.A. y sus colaboradores, que estaban produciendo una película que, un año después, fue nominada para representar a la Argentina en los Oscar en el rubro de Mejor Película Extranjera.
Dejaba a mi hija en el jardín de infantes, que siempre hacía escándalo por el abandono y yo me iba con el corazón en un puño, lagrimeando hasta la parada el colectivo 60 en la avenida Cabildo, que me dejaba en la puerta de la oficina en Santa Fe y Callao. Allí estaba la mayor parte del tiempo sola hasta media tarde en que empezaba a llegar la gente que producía la película y colaboradores de mi jefe.
Yo me había recibido de abogada hacía ya tres años, y había trabajado con abogados que no me dieron una continuidad laboral y menos dinero. Pero me dieron experiencia que aún hoy -más de 30 años después- atesoro y recuerdo. El primer abogado era un hombre de cierta edad, que tenía un estudio en la zona de tribunales en la calle Uruguay. Vestido de religioso traje gris, camisa, corbata y zapatos, era el típico abogado de aspecto confiable. Podría ser lento por su edad, y tenía algunos clientes que lo seguían desde antaño. El edificio adonde tenía el estudio jurídico era muy señorial, con un ascensor con puertas tijera, las escaleras de mármol y las puertas y los pisos de roble. El doctor trabajaba de mañana recorriendo los juzgados haciendo la procuración de los casos, se iba a la casa a almorzar y dormir la siesta, y volvía a la tarde a trabajar y atender clientes hasta la noche.
El ritmo era incordioso para mi. Tomarme el tren a la mañana para ir al centro porteño, volver al mediodía para luego regresar a la tarde era demasiado trajín. Con el tiempo empecé a ir solamente a la mañana y a la tarde estudiaba italiano hasta que me contacté con otro abogado con el que empecé a colaborar algunos días a la semana. Tenía un estudio jurídico en un habitáculo ubicado sobre unos locales que sí daban a la calle, enfrente de la estación San Martín del tren de José León Suárez.
Atendíamos a trabajadores que se bajaban del tren y necesitaban asesoramiento. El abogado tomaba todos los casos. Usucapión, sucesiones, disputas de terrenos entre parientes, reclamos laborales de medialuneros, pasteleros y panaderos. Ahí aprendí los distintos puestos de los empleados de una panadería; y que si pagás los impuestos de una casa o terreno durante un montón de años, podés reclamar la propiedad. Se ve que yo vivía otra realidad, porque esos casos solamente los había estudiado en la universidad y pensé que era puras teorías inaplicables. Que los artículos del código civil que contemplaban la usucapión se derogarían en la primera de cambio. Estaba equivocada. La ley cambió y se modificó el plazo durante el que debían pagarse los impuestos: de 50 a 25 años.
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Finalmente acepté el trabajo en los tribunales, dejé la oficina Barrio Norte en la ciudad de Buenos Aires, y empecé a concurrir a una oficina enfrente al obelisco. Abría a las 7.30 de la mañana, en invierno era de noche, y salía al final de la jornada a las 13.30.