Capítulo #2: de como actué de payaso en el Teatro Regina

Bordado by Vivian Mayo para el proyecto “Sew (so) America Cares”
Mi jefe de ese entonces había alquilado el Teatro Regina y empezó a producir algo novedoso: el circo llevado al teatro. Eran los años ‘90, Flavio Mendoza y su circo con agua, purpurina y trapecistas llegaría años después.
La obra que se mostraría tenía un acto con telas colgadas del techo en la que trapecistas hacían su número, no había red ni arneses. Los colores rojos, anaranjados y fucsias de las telas contrastaban de forma eléctrica con los turquesas y esmeraldas de los trajes de los acróbatas. Pies descalzos en punta, rodillas flexionadas a cuarenta y cinco y noventa grados de forma exacta, medidas con un compás, se lucían para el público, desde cualquier lugar de la platea.
Luego vinieron los malabaristas que arrojaron objetos al techo de manera sincrónica y los atajaban con la gracia de una bailarina del Colón. Trompos, pelotas, bastones dorados y plateados eran girados en el aire, amontonados en pleno movimiento y vueltos a girar para ser luego atrapados al compás de la música que dejaba el espacio justo para escuchar los suspiros que aseguraban el final de la escena.
Esa noche había llovido en exceso sobre Buenos Aires. A las ocho de la noche la avenida Juan B Justo ya tenía un metro de agua, y la función en avenida Santa Fe y Libertad empezaba a las nueve. Tenía dos entradas, era un miércoles, el día del estreno para la prensa, los amigos, periodistas y críticos, y para no fallarle a mi jefe, invité a mi mamá y nos fuimos en el colectivo 60 diferencial, porque era alto, cómodo y si debíamos pasar la inundación era más seguro que andar en taxi. Esos colectivos eran como los de larga distancia que van a Córdoba o Bariloche.
Para ese clima me puse un pantalón de cuero negro, un sweater blanco, botas de goma negras y el piloto. Salimos bajo la lluvia más que torrencial, viajamos bien y llegamos temprano al teatro. La altura del colectivo hizo las veces de bote y los lugar con exceso de agua no nos demoró el viaje.
Nos sentamos en el medio de la platea, adelante nuestro estaba Georgina Barbarrosa con sus mellizos que tendrían no más de diez años. Comenzó el espectáculo y cuando llegó el consabido número de los payasos, con un potente haz de luz invitaron a varios de los concurrentes a participar del espectáculo, pero nadie le dijo que sí. Cuando me iluminaron, mi madre me alentó a aceptar y Georgina le acotó “la mandaste el muere”. Pensé en mi trabajo y me paré rumbo al escenario.
Subí la escalera, los payasos me recibieron efusivamente para que el público acompañara el movimiento y la elección de los artistas, me llevaron detrás de un biombo que habían instalado en el fondo del escenario, y en una fracción de segundo me pusieron un gorro agarrado a la cabeza con un elástico azul, en el centro tenía un alambre que le daba forma de farol chino; me colocaron una nariz roja de gomaespuma, me dieron una corneta que tenía un émbolo de goma en uno de los extremos, y las directivas del acting: no hablar y seguirles la corriente.
Incorporada visualmente al elenco de payasos, nos paramos todos en el borde del escenario, uno al lado del otro, y detrás mío un banquito en el que me debía sentar luego de tocar la corneta. Comenzó el número, era musical en el sitio, o sea sin moverse del frente del escenario y de izquierda derecha -yo en el centro- hacían sonar instrumentos formando una melodía. Va la primera tanda de prueba. Los acordes se acumulaban de payaso a payaso a medida que tocaban el instrumento asignado. A mi me tocaba apretar el émbolo de la corneta y sentarme en el banco para que hiciera el sonido de flatulencias. El primero salió a los tropezones, lo cual le daba gracia al sketch; y los siguientes aumentaban la velocidad. Bien coordinados, coloridos en sus vestimentas, y gracioso en su ejecución, los aplausos fueron abundantes.
Los payasos me agradecieron con mímicas, me despidieron y simularon haberse enamorado de mi. Me senté en mi asiento, y el espectáculo continuó. Cuando terminó críticos y periodistas me felicitaron, me dijeron que había salido muy bien el espectáculo con los payasos que se notaba que había sido bien ensayado. Bien ensayado? Si yo ni sabía que subiría al escenario. Como yo era la secretaria privada del productor principal, habían dado por hecho que mi actuación estaba programada. Se me acerca una mujer y me felicita, yo soy la esposa del director me dice; y en el ensayo general hice el número con los payasos porque no había público, pero soy tan descoordinada que no salió bien, pero lo tuyo salió perfecto.
Al día siguiente el crítico del Diario La Nación destacó la actuación del gracioso espectador que participó del número de los payasos.